jueves, 16 de octubre de 2014

Una vuelta por Francia y en bicicleta


Otro evento importante del verano es el famoso torneo del Tour de France. Con el paso del tiempo que he estado en estas tierras entiendo -creo yo- un poco más mi entorno y la práctica de sus habitantes. De pequeña recuerdo que programas de televisión de carácter deportivo hablaban por igual de La Vuelta a España, el Giro d'Italia y del Tour de France. Para mí, en aquellos tiempos no significaba mucho, pues nunca he sido una fanática del ciclismo ni nada por el estilo. Sin embargo, ya con un poco más de consciencia y edad llegó el famoso y ahora polémico Lance Armstrong, porté su amarilla pulserita y por ahí en mi guardarropa deportivo aún tengo una camiseta amarilla de su mismo movimiento. En esos años de "reinado" del señor Armstrong vine a estudiar un tiempo a la pequeña ciudad de Vichy, y por supuesto, resultó muy difícil ver a los ciclistas en esa última y mítica etapa que termina en lo que los habitantes de la antigua Lutecia ahora llaman "La avenida más bella del mundo" : Los Campos Elíseos. Pero todo cambió una vez que nos instalamos aquí.

Resulta difícil seguir todas y cada una de las etapas de la competencia, sin embargo, la cobertura de los medios informativo es muy buena y el encabezado de la sección deportiva de la temporada incluye en esos días el resumen de la etapa, y evidentemente, el listado de ganadores de los anhelados suéteres.

Ahora bien, para terminar tremendo recorrido, la última etapa es en fin de semana para atraer a locales y visitantes de por doquier. Calles y estaciones de metro cerradas, el sol que brilla en su máximo esplendor y que la cobertura televisiva no solamente de la final, sino del recorrido completo forma parte de lo que podría yo considerar la maravillosa campaña interna que hay para conocer este bello país lleno de patrimonio del cual se han de sentir orgullosos los galos.

Llegada del pelotón a los Campos Elíseos en 2012

En fin, la primera final la vivimos ahí, en la avenida que mira atentamente llegar a los ciclistas y los invita a pasar una y otra vez hasta completar ocho vueltas. La espera fue larga para lograr un buen lugar. Sin saber verdaderamente cuánta gente se junta, logramos una muy decente segunda fila. Miramos el desfile de carros alegóricos de las marcas patrocinadoras y claro, esperamos ansiosamente la llegada del pelotón, los vimos pasar seis veces y luego decidimos mejor meternos a un restaurante a ver cómodamente la final en una televisión acompañados de un aperitivo. Pero con el paso del tiempo, también hemos experimentado otras formas de vivir el Tour. En el segundo año tuvimos la suerte de ser testigos del 100° aniversario y por ende, una llegada nocturna a la avenida que aloja al Arco del Triunfo, así que fue mejor verla en la comodidad del hogar. No cabe duda que a veces la televisión en la comodidad del sofá en mi salón es desde donde tengo la mejor vista y las mejores botanas.

Transmisión de France 2
Ultima etapa 2014
Por último, llegamos a la justa de 2014 y nos preguntábamos si verdaderamente queríamos esperar 4 horas de pié frente a las vallas metálicas puestas por la Policía Nacional en la avenida de seis carriles. Optamos que preferíamos mirar por televisión el momento de la salida y seguir el recorrido, vimos cómo brindaron con su copa de champaña y hasta reímos. No cabe duda que la percepción local del consumo del burbujeante vino es distinto al que podría tenerse en otros países. Ya hablaremos de ello en los próximos días. Volviendo al Tour y su llegada a París, cuando los ciclistas estaban a punto de entrar a la ciudad, nosotros también salimos de casa con cámara en mano y emprendimos camino. Afortunadamente no había que caminar mucho, unos 600 metros más o menos. Nos acomodamos en la pequeña calle perpendicular al puente de Mirabeau a un costado de la Vía Georges Pompidou, por donde pasarían los ciclistas. Es cierto, que el momento que podríamos disfrutar de ellos sería de unos cuántos segundos, pero también eramos muchísimos menos y estábamos a una distancia suficiente para llegar nuevamente al cómodo sillón y ver la premiación.

A lo mejor y un buen proyecto podría ser imitar las rodadas que hacen las familias de estas latitudes y conocer algún sitio histórico pedaleando. No obstante, no estoy segura de estar lista para ello, al menos no por ahora.

Cuando pasaron los ciclistas por la Vía Georges Pompidou





martes, 14 de octubre de 2014

Del Chiquitibum a "La Ola Mexicana" en el Maracaná

En realidad el título de la entrada de hoy es un poco impreciso. El primer torneo de Copa del Mundo de Fútbol del que tengo memoria es ese cuya mascota fue Naranjito. No recuerdo mucho, pero cierto es que no he olvidado a la pequeña  naranja con su deportivo atuendo de futbolista, es más, puedo en mi mente aún ver los engomados que la gente pegaba en la parte trasera de sus automóviles, ay pero qué risa sólo de visualizarlo nuevamente, aunque sea por un instante. He de haber tenido unos cuatro o cinco años cuando se llevó a cabo y lo que tengo muy presente es que todos los adultos e inclusive algunos niños estaban versados hacia sus televisores la mayor cantidad de su tiempo libre.

Luego vino México '86 con su Pique Gol y a los seleccionados nacionales cantando aquel himno del mundo unido por un balón  que al día de hoy creo soy capaz de cantar completo, aunque un tanto desafinadamente. No es que fuera muy complicada, pero en fin. ¿Y qué decir de Mar Castro y su personaje que vestía la ombliguera con el logotipo de la cerveza Carta Blanca que a la actualidad muchos hombres aún extrañan? Y ustedes no están para saberlo, pero en mi entorno había una chiquitina de justos 4 añitos que la imitaba y todo adulto se derretía al verla cantar el "Chiquitibum".

Y bueno, así me puedo ir recordando cada una de las llamadas Fiestas del Fútbol celebradas cada cuatro años hasta la brasileña que nos tuvo al borde de un hilo durante 30 días. Y digo nos tuvo, porque a pesar de que yo detesto desde lo más profundo de mi ser esta disciplina, cierto es que cuando se trata de apoyar a la Selección Nacional, pues ahí está uno gritando a diestra y siniestra. No obstante cuán copetuda sea la señora o cuán puritano sea el señor, si los niños están en la habitación o si la mamá intenta desesperadamente dormirlos para ir al día siguiente a la escuela, todos nos volvemos apasionados hinchas que opinamos sobre si fue o no penal, que gritamos toda clase de palabras altisonantes y hasta mentada y media de madre se lleva desde cada hogar el árbitro.

Pero, ¿por qué hago una pausa en el verano si yo detesto por igual al América, el Cruz Azul, el Manchester United, el Real Madrid, el Barça y hasta el mismísimo Panathinaikos? ¿Por qué si quiera sé que existe un equipo con ese nombre? La respuesta es muy simple. Porque como dice por ahí un anuncio de una popular cerveza mexicana: El fútbol nos une.

¿Y en Francia también? Sí, en Francia también. Restaurantes y bares abarrotados a diario con porras de los distintos países, pero los días de juego de "Les Bleus", aaaaguaaas. No sé el resto del país, pero por lo que pude apreciar, la ciudad cuasi paralizada. Los gritos de "GOOOOL" de comentaristas y aficionados sonaban al unísono. Realmente, una fiesta.

Nosotros, de lo que nos acordaremos será del partido comentado vía Hangouts estando cada una en un rincón distinto del planeta, del día de pizzas caseras entre connacionales, de los puritanos que reaccionaban al grito de "PUUUUTOOOO", de las carcajadas gracias al trauma de todos los mexicanos en el mundo por el debate del "no fue penal", del sushi y de la niña de tres años que bailaba frente al televisor tratando de acaparar la atención de su papá y, por decirlo de alguna manera, competir frente a la transmisión del partido considerado como el más importante del momento.

Dentro de cuatro años sepa el sereno dónde estemos, pero seguro habrá una nueva aventura de la cual apropiarse y claro, apoyar a los once que nos representen.

Oiga señor lector, y a todo esto ¿era penal?
¡Jajajaja!


lunes, 13 de octubre de 2014

Como botón de "Fast Forward" hasta el Midsummer de 2014

Bueno, esto del verano ya se extendió y aún no llego a mi relato de este año, pero me había dado cuenta que me había yo privado de compartir tan increíble ruta del 2012. Por ello, ahora avanzaré rápidamente por el 2013. Hace poco más de un año en mi entrada de Veraneando en el Valle de la Loira hice una crónica bastante resumida del recorrido, pero quedo satisfecha con lo dicho, así que prefiero avanzar con rapidez la película hasta el periodo vacacional de hace un par de meses. No puedo negar que una vez que llega el sexto mes del calendario gregoriano, la ciudad se comienza a sentir distinta. Todos hablan de los planes estivales, a dónde irán, qué visitarán y cuánto tiempo estarán en las nuevas tierras por descubrir, pues la gran mayoría de los parisinos tanto de nacimiento como por adopción, intentamos agarrar las maletas y escaparnos unos cuántos días -de perdida-, pues las temperaturas son altas y el factor de humedad no ayuda en nada y, sobra decir, que como el calor aquí no dura mucho, hasta el día de hoy no conozco apartamento o casa-habitación que tenga aire acondicionado, la climatización es un gran lujo que solamente se da en los comercios para alargar tanto como sea posible la visita del cliente.

Y pues no puedo negar que uno se contagia. Así que la agenda comienza a llenarse de actividades, visitas y exposiciones por doquier que uno no quiere perderse. Y este año todo comenzó con bombo y platillo, pues aún antes de la Fiesta de la Música del 21 de junio el proceso de veranificación llegó a nuestro Très Petit Château. Este año prometía ser el más especial de todos. Hubo que revisar una y otra vez calendarios, programas de trabajo y escolares, destinos, transporte, hospedaje, etc. etc. etcétera. Creo que pasamos semanas haciendo bosquejos, pero finalmente todo quedó listo y nuevamente habíamos de darnos cita en la sala de llegadas del Aeropuerto Internacional Charles de Gaulle de la Ciudad de París y esta vez mostrar cuán diferente podía ser la Ciudad Luz cuando ésta tiene algo más que lluvia y frío.

Puesta del sol el 21 de junio de 2014

Pero, regresemos al día del solsticio de verano. Aquí, como en el resto del hemisferio norte es la fecha en la que el día nos dura más -claro que hay en sitios en los que la diferencia es cuasi imperceptible-, el sol anuncia su llegada al no dejarnos dormir más de la cuenta y nosotros nos vestimos de minifalda, gafas y sombreros, y la música invade las calles.

Repitiendo de nuevo este ir y venir en la línea del tiempo con el que he estado jugando desde el fin de semana pasado y recordando lo que ahora ya forma parte de mi historia europea, no puedo dejar de detenerme y "regresar" la cinta un instante hasta la primera Fiesta de la Música, en la que sin saber exactamente lo que nos esperaba nos subimos al metro y llegamos al foyer del Museo de Louvre y ahí, bajo la pirámide de cristal nos sentamos en el piso cuales escolapios, como hubiera dicho mi madre, esperando el bien de dios envuelto en una tortilla, aunque en realidad escucharíamos a la Orquesta de París dar un concierto con el que aunque yo quedé bastante satisfecha, pero que al músico que me llevaba de su brazo le pareció no haber estado a la altura, que el director era quien había trabajado mejor y más nada. Su comentario me desilusionó por un momento, aunque así quedaría guardado en la memoria. Un año después, el festejo fue un desastre total, pues salimos tarde de casa y no logramos asistir a los conciertos que nos llamaban la atención, por lo que volvimos a nuestros aposentos sin éxito alguno y hasta mojados por la lluvia; el sol había sido, desde mi perspectiva, el gran ausente en su propia fiesta. Afortunadamente, en este 2014 caía en sábado y no había poder humano que pudiera hacer que no disfrutáramos del inicio de la mejor temporada del año por estas tierras, y mejor aún, iríamos a escuchar a una querida y joven amiga cantar. Disfrutamos con ella, su mamá y unos amigos que estaban de visita en la ciudad desde el país del Tío Sam. Anduvimos en la calle hasta que el cansancio nos venció, incluso aún antes de que cayera la noche. Irónico, pero muy divertido.

Cuando la música toma las calles

A la siguiente semana se celebró el Midsummer, un festejo que para este par de súbditos del rey Huitzilopochtli era la primera vez que vivíamos. Nos invitaron a tremendo fiestón en el jardín de un castillo privado. Yo, honestamente, no sabía ni qué ponerme, pues no quería ser una facha y tampoco parecer Paris Hilton en la Semana de la Moda, así que seleccioné cautelosamente mi vestido y decidí dejar el sombrero en el armario. Al fin y al cabo no iba a Ascott, aunque tampoco creo, hoy, que hubiera estado mal llevarlo. El lugar es un sueño, la fiesta estuvo divina y lo mejor aún, incluso en tremendo pachangón, los franceses se dejaron llevar por la pasión del balompié que invadía al planeta gracias a la Copa del Mundo. Y aún cuando yo no soy fanática del fútbol en lo más mínimo, he de ser sensata y aceptar que dicho torneo voltea al planeta de cabeza y a la fanaticada nos enferma de su disciplina durante todo un mes, pero de eso hablaré mañana.


domingo, 12 de octubre de 2014

Reencuentros

En varias ocasiones he platicado en este, mi rincón del ciberespacio, sobre los afortunados reencuentros que hemos vivido a lo largo de nuestra estancia en la ciudad de la Dama de Hierro del Sr. Eiffel. De esa misma manera ansiosamente anclamos en Barcelona. Habíamos quedado de vernos frente al Monumento a Colón. Probablemente habían pasado cerca de 20 años desde la última vez que nos habíamos visto. Nos reencontramos gracias a las redes sociales, Twitter específicamente, y en específico por medio de la comunidad de mexicanos que compartimos huso horario y con quienes tenemos más una ciberamistad que otra cosa. Lo mejor de todo esto es que cuando nos vimos, solamente sonreímos, asentimos y nos abrazamos. A partir de ahí todo fue un disfrute, pues caminamos con ese sentido de confianza que da saber no perderse ni tener que estar atento al mapa o al GPS del teléfono, pues teníamos el honor de ser guiados por una amiga, mexicana y lugareña. Realmente una situación inmejorable.

Así, antes que nada tomamos camino a la Sagrada Famiglia. No puedo negar que es preciosa, inverosímil tantos años para poderla terminar e inimaginable su aspecto cuando quede terminada. Me dejó sin aliento verdaderamente, y eso aún con grúas. Media hora de fila para entrar, dicen no fue mucho. 13€ la entrada. Me pareció carísimo, pero valía la pena por entrar a ver tal belleza. Recorrimos en silencio la edificación. Él observaba detalladamente. Yo tomaba una fotografía tras otra. Ella espero pacientemente. 



Al salir nos dispusimos a almorzar en un pequeño restaurante que nos encontramos en el camino. Ah, qué buenas tapas, dijo él. Las mujeres no callaban ni para tomar aire, ¡qué barbaridad!

Una vez que terminamos nos dispusimos a caminar hasta no poder dar un paso más. Habrán sido dos o tres horas, pues recorrimos Las Ramblas y el Barrio Gótico, pasamos frente al Palau Güell, que aunque me hubiera gustado entrar no había tiempo en esta ocasión. Habría que dejarlo para la próxima vez. En fin, entre los 40°C que nos tocaron y tanto andar, llegó el momento en el que nos dimos por vencidos los tres y nos estacionamos a tomar algo refrescante en el clima artificial del aire acondicionado. Y claro, no hay visita que no llegue a su fin. Ella nos dejó para volver al barco que zarparía en menos de una hora. A nosotros nos dolía hasta pensar en caminar. Además, me sentía achicharrada a pesar del bloqueador, las gafas y el sombrero. No obstante, la plática fue una delicia, la visita esplendorosa y aunque nuestro hotel flotante se disponía a un último destino, para nosotros ya no había necesidad de más por el momento. Tocaba descansar y disfrutar de lo que nos quedaba de piscina, antojitos y lecturas. Pronto regresaríamos a casa y había que volver a arrancar motores con toda la energía. Afortunadamente, este último destino nos permitió cargar el alma gracias a la apapachoterapia de mi querida amiga de la infancia. La próxima vez que nos viéramos debía yo corresponder a tantas atenciones y lo haría gustosa.

sábado, 11 de octubre de 2014

De puerto en puerto

Los siguientes días a bordo del buque no se quedaron atrás con respecto al primer par, pues llegamos a la península de Gibraltar, ese lugar en donde España deja de serlo y el Reino Unido no lo es exactamente aunque puede uno encontrar Fish & Chips. No cabe duda que al estar ahí y reflexionar un instante sobre la ubicación exacta del territorio, resulta fácil comprender el porqué de tanta disputa por él. Además, un imperdible, desde mi particular punto de vista era el Peñón y sus famosos habitantes originarios de Marruecos; los macacos de Gibraltar. Unos curiosos y verdaderos -con perdón del calificativo- canijos. Son curiosos, evidentemente, pero también se saben "estrellas de cine" por llamarlo de alguna manera, pues están al alba para agarrarse desprevenido a algún descuidado turista y robarle algo que lleve consigo. ¡Qué bárbaros! Nunca imaginé fueran tan traviesos a pesar de las repetidas advertencias que recibe uno al llegar. Cierto es que desde aquí uno siente que podría dominar el mundo, no hay rincón que sea invisible desde este sitio.


El día pasó demasiado rápido, pues uno quisiera quedarse en este punto del extremo sur europeo desde donde se puede ver el Estrecho de Gibraltar, el Océano Atlántico y cómo se une con el Mar Mediterráneo y al descender visitar el jardín botánico, a pesar de que este último dejó mucho qué desear, pues he visto otros mucho más lindos en otros lugares del planeta. Pero había que continuar la visita, y la siguiente prometía fiesta, o por lo menos eso pensaba yo.



Al día siguiente y al alba, así bien tempranito cuando apenas entraban los primeros rayos de sol por la ventana del camarote, íbamos llegando a la capital española de la fiesta: Ibiza. Esa ciudad en la que uno piensa no hay nada más que música, tragos y pachanga. Y cuán equivocada estaba yo, pensé antes de abordar nuevamente el navío cuando estábamos sentados tomando aquellos tarros de cerveza que de nuevo me remontaban a casi cualquier restaurante de mi tierra durante mi infancia. Usted, querido lector, si gusta de la arquitectura y la historia, le recomiendo visitar Ibiza, pues honestamente aunque se podía notar que había grandes preparaciones para las fiestas nocturnas, hay un rinconcito en el que podemos encontrar la D'Alt Vila o "Ciudad Alta" fortificada de Evissa, la capital de la isla. Este lugar es imponente gracias a sus altísimas murallas de tiempos del Sacro Imperio Romano, cuenta con una entrada principal llamada el Portal de Ses Taules con todo y puente levadizo y claro, iglesias, primero la Catedral de Santa María que, como muchas iglesias católicas está ubicada sobre donde antes estaba un antiguo templo romano, aquí uno dedicado a Mercurio y luego, la Iglesia de Santo Domingo que data del siglo XVI. O sea que en Ibiza, no todo es fiesta, también hubo para cultivarse un poco.



viernes, 10 de octubre de 2014

¡Todos a bordo!

Una vez descansados nos dispusimos a prepararnos para la siguiente aventura que se llevaría a cabo conquistando las aguas del marino Mediterráneo. Dejamos atrás el Puerto Viejo para dirigirnos al Nuevo, el cual muestra la modernidad y el mercado tan importante que representa para el continente esta ciudad. No es el más importante ni el más grande, pero si he de ponerle algún calificativo, debo decir que me pareció magno, esplendoroso y activo. Aquí puede uno encontrar un importante número de edificaciones que muestran vanguardia y desarrollo. Entramos a la zona de registro de lo que sería nuestro medio de transporte y hotel, en donde lo único que nos debería ocupar la mente era relajarnos, alimentarnos, comer y divertirnos durante los siguientes 7 días. Cierto es, que estos navíos tienen una gran oferta de actividades planeadas para el viajero y que uno no hace mucho si no quiere, sin embargo, nosotros no somos de los que vayamos a los acuapilates a las 7:00 de la mañana ni a cenar a las 19:30 con un grupo de desconocidos todos los días, así que disfrutamos de las amenidades según se nos presentaron interesantes, disfrutamos de los músicos que tocaban el piano o el rock n' roll en el lobby central mientras disfrutábamos de algún aperitivo y optamos por seleccionar nuestra hora de cenar cada día haciendo la reserva en el restaurante.


Pero estaba el recorrido que haría tremenda embarcación de más de 10 cubiertas; había mucho por conocer y a pesar de que habíamos planeado unas vacaciones en las cuales sólo aspirábamos a reposar y recargar las energías tras el periodo 2011-2012 que contaba con vaivenes trasatlánticos, mudanzas y un sin número de papeleos, decidimos aprovechar al máximo que había oportunidad de visitar nuevas latitudes para este par de vacacionistas.

En cada puerto de llegada hubo algo que nos cautivó. En Málaga, llegamos en plena semana de fiestas, lo que significó que encontramos a las mujeres vestidas en sus mejores galas andaluzas recorriendo la ciudad. Y qué decir de la Alcazaba, ese palacio fortaleza musulmán que domina gran parte del centro de la ciudad. Una construcción que aprendí era donde los emires árabes vivían cuando gobernaban el reino.




Luego fuimos al Castillo de Gibralfaro, que servía para proteger la Alcazaba y albergaba a las tropas. ¡Qué nostalgia me dio al ver aquello lleno de buganvilias! Y la sorpresa más grande para mis ojos fue cuando llegando al mercado central del siglo XIX y que aún funge como tal y la alameda principal lo único que me vino a la mente fueron mis orígenes aztecas; me hicieron ser consciente de lo que significaba pertenecer a un pueblo conquistado. Al final del día, para mi era la primera vez que estaba en España, la Madre Patria que le llaman algunos. Pues sí, me sentía rodeada de sitios, que aunque mis ojos jamás habían imaginado pudieren ver algo así en donde me encontraba, el alma iba y venía a mayor velocidad que la luz logra hacerlo y viajaba mi ser entre "La Blanca Mérida" y mi aquí y ahora de ese 15 de agosto de 2012.


¡Cuántas sorpresas! Y apenas era el primer destino. La dosis se repetiría seis días más. Las sorpresas apenas comenzaban, y el siguiente puerto era Gibraltar.

jueves, 9 de octubre de 2014

¡A veranear se ha dicho!

Sentarme a escribir esta entrada siempre resulta la más difícil del año. No debería serlo, pues me parece que es la mejor temporada para disfrutar del Viejo Continente. Sin embargo, me parece que tanto bienestar, tanta alegría y tanto disfrute es difícil resumirlo en unas cuantas líneas, así que en esta ocasión me alargaré un poco más de lo habitual. Durante nuestro primer periodo vacacional veraniego al este del Océano Atlántico decidimos visitar uno de los climas más socorridos de la zona; el del Mar Mediterráneo.

Fue la primera vez que me subí al tren de alta velocidad, TGV. Era sábado en la mañana y nuestro destino exacto era el puerto de Marsella. No tenía idea de qué me iba a encontrar. Había hecho un poco de investigación, pero no me sentía con el conocimiento suficiente como para decir "quiero ir a tal o cuál lugar"; tocaba descubrir curiosamente lo que el puerto tenía para ofrecernos.

Así pues, la aventura comenzó desde que salimos de casa listos para la aventura. Jactándonos de adoptar tanto las prácticas locales como las opciones de la modernidad del siglo XXI tan tempranamente como las descubriésemos, emprendimos camino desde el Très Petit Château y nos desplazamos los escasos 300 ó 400 metros a la estación del metro que con suerte nos llevaba directamente hasta el término de la línea 10 - Gare d'Austerlitz. También, llevábamos los boletos impresos para que éstos fueran escaneados antes de subir al tren en una oferta que acababa de lanzar la compañía ferrocarrilera gala exclusivamente por internet, eliminando así prácticamente todo contacto con el personal que atiende al viajero.

Como esperábamos, logramos sin problema alguno llegar sin prisas. El viaje fue de esos que me dejaron boquiabierta, pues viajar a más de 300 Km/hr a nivel del suelo para mí era algo nunca antes visto. Y me fascinó. Pero, ¿qué nos esperaba una vez que llegáramos a nuestro primer destino? Honestamente, ahora me doy cuenta que no tenía la más mínima idea por más que en el trayecto me había dedicado a leer la guía de turismo que hacía algunas semanas habíamos adquirido en una librería de la ciudad.

Bajamos del tren y nos instalamos en nuestra pequeña habitación de hotel. Comenzamos a recorrer a pié los alrededores hasta que nos dio hambre y sucumbimos ante los famosos mejillones con papas fritas. Los ofrecían con distintas salsas; nosotros pedimos una con queso roquefort. Uff! todavía mis papilas gustativas salivan nada más de recordarlos y hace ya varias lunas que me los comí.


Las visitas turísticas incluyeron sitios como la Basílica de Nuestra Señora de la Guarda desde donde además de encontrar una joya arquitectónica y de recogimiento puede uno disfrutar de una vista de excepción del puerto de Marsella.

En el andar, el catolicismo no se deja extrañar un segundo, pues bajamos de una basílica para ir a otra, la de San Víctor. Nos cautivó que su origen data del siglo V, que fue destruida y reconstruida alrededor del año 1040. Entrar ahí fue como transportarme a la Edad Antigua. La construcción estaba fresca y húmeda, y honestamente fue refrescante dados los más de 30 grados que hacían a la sombra. No obstante, me parece que lo más cautivante de esta visita fueron las criptas.



Saliendo, nos dirigimos al descubrimiento de los famosos jabones de Marsella. Nos preguntábamos por qué serían tan admirados y buscados, así que no nada más visitamos y compramos, sino que también preguntamos al respecto. Resulta que es un tipo de jabón del que que se tiene registros existe desde 1320 y cuya fórmula está reglamentada desde tiempos del Rey Sol. Dicha receta, que conoció su apogeo durante la Belle Époque y que en los últimos 50 años se ha visto caer en picada a raíz de los detergentes sintéticos, resulta de la mezcla jabonosa de distintos aceites de esencias vegetales cuyo gran poder limpiador puede obtenerse tanto artesanal como industrialmente. No cabe duda que en cada tierra se esconden historias excepcionales.


En fin, tras una pausa para recargar baterías nos destinamos a una de las islas más famosas de la literatura y de la historia francesa en tiempos del rey Francisco I, la del Castillo de If. Aquí, el Conde de Monte Cristo toma una dimensión totalmente inesperada; ciertamente me sentía ahí, en medio de la acción, como si el propio Dumas me hubiere insertado entre sus páginas.

Al regreso de la isla y para disfrutar de un aperitivo antes de la cena no nos parecía ningún sitio mejor que un sitio ahí en el Puerto Viejo. A pesar de que éste estaba siendo remodelado, había varios lugares en donde se podía disfrutar tanto de la vista como de una buena copa sin que el sol quemara como a las iguanas en el trópico. Y esto era solamente el inicio de nuestro primer verano Mediterráneo.



sábado, 4 de octubre de 2014

A Simple Hello

It's been years since I saw her for the last time. Today, even though I am sure we would recognize each other if our paths crossed on the metro, my soul tells me she would not stop to say hi. The reason is easy, we never built I snowman, as a matter of fact, we have never even been close. We grew apart though not afar. We share quite some pages from our books of life, but other than that I'd say we're a pair of strangers.

This is the perfect paragraph to come back to my cyberspace corner, for I have thought about this text for a very long time. There's not much to say, but I just wanted to send out to the void this thought for her, for I think about her from time to time.

Oh, and if you see her... tell her I did say hi.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Overcoming Writer's Block?

So much to share. So many adventures from the summer, yet, so little words flowing. I guess it's because there has been much to be taken care of, enough for an army, and just one of me. And yes, this is just a two-minute break, because I cannot be kept away from this little "space of mine" in cyberspace. Just like Shwarzeneger said in Robocop; I shall be back.

Have faith my dear readers. I ask thee for a bit more patience.

jueves, 14 de agosto de 2014

Que en Paz Descansen

Hoy amanecí melancólica. Debe ser que al verano 2014 le ha faltado sol, o que me he enterado de muchos que han dejado la realidad humana. Así pues, antes de compartir lo que podría calificar como uno de lo mejores veranos de mi vida, quiero hacer una pausa y recordar con todo y mi ojito Remi a algunos que han partido y que invaden hoy mis pensamientos. He aprendido a seguir adelante después de enfrentar la enorme tristeza de perder a alguien por quien daríamos todo, hasta la vida misma, pero sigo aprendiendo de esta "ley de la vida" con la que casi nunca estoy de acuerdo. Me disculpo por mi testarudez, pero es así... no me gusta.

Claro está que al retrasar la cinta de los recuerdos hasta los más antiguos con seguridad me equivoco en el orden. Sin embargo, me parece que el primero fue ese apuesto hombre español que me acercó al piano en cuyo regazo me sentaba a cada ocasión que podía para tocar música juntos, o bueno, así era como yo lo expresaba orgullosamente. Los recuerdos son pocos y un tanto vagos, pero sé que mi corazón tiene un espacio en donde guardo esas memorias con mucho cariño. Era guapo y apuesto, pero lo mejor de todo, es que era muy amado. Su esposa, al día de hoy, casi 35 años después, sé bien que en conversaciones sobre su apuesto príncipe se le inunda la mirada. Un amor como ningún otro.

Luego estuvo ese viejecito de apenas 1.60 m que me solía regalar bolsas pan dulce con garibaldis y cuernitos calientitos. Tengo una imagen muy viva de él en mi fiesta de cumpleaños número cuatro. Recuerdo cuando llegó llevaba a mi viejecita preferida del brazo. Ella se fue a los 80 años, justo como siempre lo predijo, o lo prometió, no sé. A ella la recuerdo sobre todo en aquel terremoto de 1985 y sus ocurrentes comentarios, ah, y porque llegó con su equipaje para hospedarse con nosotros unos días, dado que aunque por fortuna a su apartamento no le había pasado nada, el edificio estaba en medio de la destruida colonia Roma. Ella llevaba todo lo necesario, maquillaje incluido, pero su medicamento para controlar la presión arterial estaba sobre la mesa del comedor, lo había olvidado. Lo mejor; ni siquiera sabía el nombre, así que mi papá tuvo que volver a literalmente atravesar escombros de edificios caídos para poder recuperar susodicha medicina.

Otra fue mi querida viejecita que parecía no romper un plato ante mis ojos, pero que dicen era durísima cuando se desempeñaba como enfermera instrumentista en el Hospital Inglés de la Ciudad de México. De ella recuerdo nuestras tardes de jugar a la hora del té con esas tacitas diminutas de plástico que yo sacaba de no sé dónde. Ella me enseñó de los juegos de la imaginación y fantasía.

Creo que ahora que lo pienso, no fui consciente cuando ninguno de ellos se fueron. Creo que mis padres manejaron muy bien cada despedida, pues no tengo memoria alguna de haberme sentido triste por sus partidas. ¡Cuánta fortuna la mía!

De mamá no voy a hablar hoy; y es que se me inunda la mirada y no puedo seguir escribiendo. Les digo que ando de un chillón incontrolable.

Entonces también pienso en otras mamás y otros papás que se han ido y la verdad pienso más en sus hijos que en ellos. Creo que es porque me siento identificada con sus hijos que por un lado nos sabemos acompañados en el andar a diario, pero por otro lado quisiéramos tenerlos cerquita.

Finalmente están mis contemporáneos. Aquellos quienes ante mis ojos deberían estar haciendo carrera y construyendo para la vejez, los que tendrían que ser capaces de sentarse con sus familias, parejas, hijos, qué sé yo, con sus amigos y poder disfrutar de un atardecer, una copa de vino, una plática de esas que calan el alma. Ellos a quienes les gustaba ir a la playa, o jugar golf, o hacer del mundo un lugar mejor gracias a su inteligencia. Esos que a lo mejor cuesta más trabajo entender por qué y para qué se fueron.

En la mayoría de los casos no sé cuál era su misión en la vida, sólo sé que invaden mis pensamientos porque tocaron mi vida, porque algo me enseñaron, porque un pedacito de ellos se quedó en mi corazón.

Por eso, gracias.
Que en paz descansen.



lunes, 21 de julio de 2014

Cuando salí orgullosa de la Prefectura de Policía

El pasado lunes todos en Francia nos desvelamos. Fue 14 de julio: La Fiesta Nacional. Pero ese será tema de mi próxima entrada. Al día siguiente, con ojeras y algunos hasta con cruda regresamos a las actividades diarias. Para mí, además, era el día subrayado en rojo en el calendario de casa, pues tenía mi convocación para presentarme ante las autoridades migratorias para renovar mi título de residencia.

Había revisado los documentos hacia ya varias semanas, pero sabía que era necesario sacar algunas fotocopias. Antes de dormir le di una hojeada al dossier y todo parecía estar en orden. Sin embargo, no me di cuenta que faltaba algo. Inútil presentarme si no lo conseguía; de ninguna manera convencería a la burocracia gala de renovarme mi permiso sin ello. La cita era a las 11:30 horas, pero a sabiendas de la omisión de mi parte y que la oficina a la que me dirigía SIEMPRE tiene una espera de por lo menos un par de horas, me decidí levantarme temprano y poner manos a la obra. Tuve algunos contratiempos, lo acepto, no obstante, llegué a la hora indicada.

Al entrar me pareció reconocer a todos y cada uno de los encargados de atender a cuanto extranjero llega a la sala de Europa, América y Medio Oriente. Al fin y al cabo era mi enésima visita. Afortunadamente, llevaba todo. Aún mejor, la dama encargada de recibir mi solicitud estaba de buen humor y las faltas de los otros las estaba tomando con bastante ligereza y hasta reía. En son de burla, pero reía.

Cuando finalmente llegó mi turno el proceso fue rápido, pues llevaba hasta el acta de defunción de mi tatarabuela por si acaso era necesario. No, no es cierto, solamente llevaba los documentos que la abogada a cargo de que mi estatus migratorio esté al día recomendó. Para mi fortuna -o quizá mi experiencia, que ya me puedo jactar de ser cuasiprofesional en el tema- había yo ordenado mis copias en el orden que me fueron solicitados. Ahora solamente había que esperar que me llamaran para hacer el trámite formal. La espera, como era de suponerse, fue de tres horas, aproximadamente.

Pudo haber sido peor, pensé.

Me recibió otra dama que ya me había atendido antes. Sé que es dura, pero justa. Revisó mi documentación y me sonrió diciéndome que era un gusto recibir un dossier como el mío completo y ordenado. Me ofreció una disculpa por la larga espera en la antesala echando la culpa a otros extranjeros desinformados que se presentan sin sus papeles como deben. Pero aquí entre nos, entre que uno no sabe y que ellos solamente hablan francés, a veces resulta imposible tener todo a la mano, amén de que en ocasiones el propio sistema reclama tiempos de espera naturales de sus procesos.

Al final de la breve conversación no sólo salí de la Prefectura de Policía feliz porque tenía en mi mano el documento que indica que en dos meses recogeré mi nuevo permiso de residencia, sino porque además lo logré al primer intento y hasta con felicitación. La verdad, es que a pesar de todo lo que se dice de estas oficinas por aquí y por allá, a mí siempre me han tratado muy bien. No siempre he logrado mis metas a la primera, pero no puedo quejarme de nada. Al final del día, este país recibe un número importante de gente de todo el mundo que busca estar legal y debe ser una tarea fatigante. Entretanto, yo no daré lata en un año más, y de ser posible, guardaré mi 'estrellita' en el cajón para sacarla dentro de doce meses si requiero nuevamente visitar a las autoridades. O antes, si algo cambiara.

viernes, 4 de julio de 2014

Que los vecinos se callen, ¡Ya!



La llegada del verano invita a abrir las ventanas de toda casa y apartamento. Los pájaros cantan desde temprano. Ese 'mal del pollo' del invierno que muchos sufrimos porque queremos dormir en cuanto se nos oscurece el cielo lo abandonamos unos meses para disfrutar de los rayos de sol que nos despiertan al amanecer. ¿Y luego?

Pues nada, que empiezo a escuchar las distintas clases de sonidos que emite el vecindario. Está esa voz masculina que todos los días canta ópera. Me lo imagino grande, corpulento, con una gran caja torácica tanto en tamaño como en capacidad. No tengo idea de qué canta, pero se escucha tan lindo que me hace soñar que estoy en un espectáculo. También están los músicos. Ellos en su mayoría son pianistas que ensayan a diario de manera muy disciplinada. Hacen ejercicios repetitivos y a veces, al final, me deleitan con algunas piezas que en ocasiones logro descifrar y reconocer.

Claro está que al tratarse de un verano excepcional por haber torneo de Copa del Mundo, una vez llegadas las 18:00 horas y hasta la media noche inclusive, se escuchan las porras para los diferentes equipos. Los días que ha jugado la selección gala de Les Bleus pareciera que todo el vecindario suspirara al unísono, así, igualito que en México.

Y aunque a esta metrópolis se le apode con frecuencia La Ciudad del Amor, no siempre se escuchan cánticos de alegría, a veces se escuchan discusiones a altos volúmenes. Me parece que a mis amigos galos les gusta hacer públicas sus intimidades, pues existen los que pelean por quién sabe qué hasta altas horas de la noche y las que gimen hasta altas horas de la mañana. Pero créanme, no estoy exagerando, esos gemidos... qué digo gemidos, gritos, porque de verdad me han llegado a despertar. Al principio creí que era la incómoda vecina de arriba, luego la de abajo, ahora ya no sé... me parece que puede ser cualquiera. Un día eran tantas gritando que alguien ya muy molesto gritó desde su ventana: ¡YA CALLENSE!

En casa ya nada más reímos. 

jueves, 3 de julio de 2014

El Señor TGV

St. Pancras Station
Londres
Una parte importante de la aventura europea ha sido dejar el automóvil y andar a pié, en bicicleta, en autobús y por supuesto, recorrer la máxima cantidad de kilómetros como sea posible por las redes ferroviarias del continente. Así pues, desde la primer oportunidad que hubo nos desplazamos por toda la línea 10 del metro hasta su término en la Gare d'Austerlitz. Otra vez fuimos para la Gare de Lyon, una vez más a la Gare de St. Lazare y varias veces hemos ido a la Gare du Nord. Algunas veces en trenes pequeños, esos que se conocen como  Intercités porque lo llevan a uno a las ciudades cercanas y otras en los que nada más de verlos en el anden imponen; los de alta velocidad: TGV en Francia, AVE en España, Thalys para ir de París a Bélgica, Alemania y hasta Holanda y por supuesto, el Eurostar para cruzar el Canal de la Mancha.

Estos, creo yo, son los señores de las vías férreas europeas. Me muero de envidia. Me encantaría que existiera este cómodo y rápido medio de transporte en mi país. Significa que haríamos algo así como una hora en un México-Querétaro aproximadamente.

Intercités en el andén de Bruselas de camino a Aarschot
Honestamente, nunca antes había tenido esta opción en mis viajes. Mis estancias en el continente europeo en el pasado no me habían permitido disfrutarlo más allá de un pequeño desplazamiento. Hoy por hoy, esta forma de trasladarme de un sitio a otro durante puentes y vacaciones me ha permitido cambiar mi percepción sobre los viajes y hasta la forma de armar mi maleta.

Por ejemplo, a la hora de cotizar mis boletos tomo en consideración el costo de transportarme al aeropuerto y a la estación del tren, el tiempo que invertiré a la salida de casa, así como a la llegada a mi destino y, ¿saben qué? Pues que en la mayoría de las veces gana el tren. Cierto es que las distancias en estos países es más corta que en el continente americano, pero quién va a preferir pagar precios similares e invertir una hora más por el cruce de los filtros de seguridad o por tener que atravesar la ciudad de cabo a rabo. Claro está, que a veces es mejor un par de alas indiscutiblemente, pero estos monstruos a 200 Km/hr me dejan atónita todavía.

Hay pequeños detalles que no me quedan claros, pero supongo que son más de cultura y costumbres que otra cosa. No obstante, anhelo que algún día el señor TGV pueda recorrer el Bajío, el Cinturón de Fuego o incluso llevar y traer turistas entre México y Acapulco.  

martes, 1 de julio de 2014

Sephoreando y algo más

Hay quienes dicen que París es la ciudad más visitada del mundo, otros que está en segundo lugar sólo por debajo de Londres. Al final del día, desde que llegué aquí, a diario me enfrento a los turistas en las calles. Yo, al principio, también parecía una de ellos, e igual que a cualquier otro que viene de lejos y se encuentra con productos a lo que no se tiene acceso en su país de origen por costos excesivos o porque simplemente no existe la oferta comercial en cuestión, hay quienes creemos poder enloquecer en tal o cual almacén a cada momento y llevar todo lo que se necesita y hasta lo que no. Sin embargo, con el paso del tiempo uno es más cauto; sensato, creo yo, pues las cosas dejan de ser novedosas y se pueden hacer compras más inteligentes tras probar los productos, ¿no? Por eso, cuando nos instalamos a unos cuántos kilómetros de la mítica Torre Eiffel, uno de los sitios a los que me daba emoción y estrés ir y no enloquecer comprando todo lo que veía a mi paso y en donde procuraba solamente entrar y salir con lo justo necesario era Sephora. Y no es porque no conociera la tienda, sino porque en aquel entonces no había en México una oferta como ésta; solamente algunas imitaciones que me parece no han sido muy bien logradas.


No sé si sea algo característico de mi persona o si la mayoría de las mujeres lo sufran. Siempre he gustado de hacerme un arduo ritual de belleza en la mañana -el de la noche me da pereza, pero aún así trato de cumplirlo. Sin embargo, a pesar de encantarme el establecimiento, nunca me había vuelto asidua cliente sino hasta mi llegada a estas tierras y tenerla a unos minutos de casa. Seguro era el no tenerlo cerca. Y luego están los productos para la piel de laboratorios dermatológicos y que aquí parece solamente hace falta voltear hacia los aparadores de las farmacias y no saber cuál seleccionar.

Ahora, debo confesar que tengo mis elecciones específicas para productos en el cuidado de las uñas (OPI y Mavala), para las arrugas y las ojeras (Nuxe), para los molestos brotes de juventud mejor conocidos como barritos (Avène), perfumería predilecta (Roger & Gallet) y evidentemente, maquillaje para cada etapa de la transformación del rostro hasta buscar verme como estrella de cine... ok, ok no es para tanto, pero sí. Hablo desde mis más modestas entrañas, jajajaja!

No cabe duda que la novedad ha pasado. Ya sé qué voy a buscar cuando quiero una crema, un suero o un maquillaje, sin embargo, esa mariposita del éxtasis parece querer arroparme cuando entro al susodicho comercio. Entre mi grupo de amigas con el que platico TODO EL TIEMPO a pesar de que cada una se encuentra en un rincón distinto del planeta -las maravillas de la tecnología- parece que es, entre otros, un común denominador. ¿Será que necesitamos ayuda?


lunes, 16 de junio de 2014

Antes y después


Yo soy de la firme creencia que el ser humano está en constante cambio, pues gracias al aprendizaje podemos evolucionar, podemos actuar diferente a partir del análisis de los errores cometidos anteriormente. Así, hace algunas semanas fui a tomar una copa de vino con Marie. Ella es una inglesa instalada en París, pero nunca le he preguntado qué la trajo aquí. Nos conocimos porque fui su clienta. Ella estaba a cargo de conseguirme algunos documentos para mi proceso migratorio. Ahora que ha dejado de trabajar para el despacho contratado nos hemos reunido en un par de ocasiones y la última vez que nos vimos en algún punto de la conversación hablamos de los "antes" y los "después".

No es difícil darnos cuenta que hemos evolucionado con el paso de los años, pero normalmente nos damos cuenta de ello cuando ya ha pasado el tiempo. Cada hito en la vida nos transforma, y aunque las recompensas son bien agradecidas tras el paso de caminos sinuosos, hace falta no olvidar de dónde venimos, a dónde queremos llegar y cuál es nuestra esencia.

Así, Marie y yo estábamos de acuerdo en que esta ciudad nos ha cambiado, nos ha hecho crecer, nos ha dado sus dosis de realidad en distintos aspectos que sin duda alguna ha tenido sus efectos en nosotras. Cierto es que la experiencia de vivir en sitios distintos a los que hemos nacido nos moldea en nuestra adaptabilidad y nos vuelve competentes en un idioma distinto al materno e incluso, si se lo permitimos al entorno nos convierte en seres humanos más humildes y con mayor disposición a aprender. Por lo menos ese ha sido el resultado en mi. Por ejemplo: Tras casi tres años de haber dejado esa gran Ciudad de México a la que amo, pero que también puedo llegar a detestar desde lo más profundo de mi ser, me encuentro transformada en temas de lo más banal hasta lo más profundo, es decir, ahora sé que el quehacer en el hogar verdaderamente nunca se termina, aprovecho y atesoro cada momento que tengo para mi y para mis actividades de recreo como la lectura, la fotografía y la producción escrita, pero que también me ha enseñado de sencillez y humildad, mucha humildad. He aprendido a comunicarme no solo en otro idioma -aunque ya lo conocía desde antes de instalarme en la Ciudad del Amor- sino a expresarme mejor y con mayor claridad con mis semejantes. Claro está que estos ejemplos son de lo más sencillo, que mi "después" va hasta lo más profundo de mi ser, que incluye prácticamente todo aspecto en mi y que me ha ido modificando poco a poco, pero si pudiera resumirlo en una sola palabra, debo aceptar que lo que he recibido de esta ciudad por sobre todo es: TOLERANCIA... y un sentimiento especial por la Francia




domingo, 15 de junio de 2014

Sentada bajo un Chagall

Uno de los primeros sitios que fuimos a visitar en esta ciudad fue el Palacio de la Ópera. De esa visita escribí por aquí en enero de 2012. Desde entonces, he aprendido mucho del edificio y de su historia, de su compañía de danza, de su orquesta, su ópera, etcétera. En alguna ocasión que fui de visita con alguien que venía de tierras lejanas, me senté a escuchar a una maestra de escuela primaria y aprendí varios datos curiosos como que la entrada principal era únicamente para el rey y que la población en general sólo pudo entrar por estas puertas después de que se estableció la 2a República, cuando los ciudadanos adquirieron su derecho de "Igualdad". Otra enseñanza de aquel día fue que los asistentes a las presentaciones en tiempos de la nobleza solo eran invitados del rey, nadie más. En fin, el lugar no ha dejado de dejarme boquiabierta. En cada oportunidad que he tenido de visitar este sitio me he encontrado a más de un estudiante de arquitectura copiando las columnas en alguna lámina que le han dejado de tarea.


Luego vino mi acercamiento a la ópera y mi presencia en una presentación del clásico Aïda también en 2012 y de cuya experiencia también platiqué por estos lares. Por último, tuve oportunidad de conocer a una pareja de cantantes de ópera... ella ya solamente se dedica a la enseñanza de manera ocasional para quienes buscan un entrenamiento específico con un tutor; él anda por todo el mundo deleitando con su voz en los grandes escenarios. Así, poco a poco se ha ido despertando mi curiosidad y comienzo a buscar conocimiento al respecto, no obstante, a pesar de que esta ciudad tiene un sinnúmero de foros que con frecuencia se ven engalanados por puestas en escena tanto de clásicos como de piezas modernas, el Palacio de la Ópera es EL recinto al que cualquier aficionado quire tener acceso para disfrutar de algún espectáculo. Conseguir boletos no siempre es fácil, mas tampoco imposible. Una hora antes de todo espectáculo las taquillas abren y venden las peores entradas, las llamadas de visibilidad parcial, yo las llamaría "de visibilidad nula" porque no se ve NADA. En un intento por entrar con una de nuestras visitantes durante esta primavera que está a punto de terminar, fuimos a la aventura y adquirimos tres de dichas entradas. El resultado fue que pasamos de pié gran parte de la función, pues queríamos enterarnos de lo que pasaba en el escenario, sin embargo, no puedo negar que bajo esa obra de Chagall que cubre la sala de espectáculos diseñada por Garnier, mi corazón latía con ganas de salirse del pecho. Una emoción indescriptible. Una magia única... muy parecida a la primera vez que entré al Palacio de Bellas Artes en mi ciudad natal, solamente que con mayor conciencia del tiempo y el espacio que estaba ocupando. A nadie importó no tener el mejor lugar de la sala ni que se tratara de una obra que para nosotros era totalmente desconocida, lo importante era la memoria que estábamos dejando en nuestras almas. La próxima vez trataré de conseguir mejores lugares. Deberé estar pendiente del momento en que pongan a la venta los boletos y tal vez romper el cochinito de los ahorros para obtener uno de esos asientos desde los que se puede disfrutar del escenario completo. 

viernes, 23 de mayo de 2014

La Iglesia, la sociedad y mis decisiones

Este texto ha tomado su tiempo para salir del horno. Inclusive ha retrasado el correspondiente al que abarca los diez días de fiesta de mi infancia que van del 10 al 20 mayo, pero no importa, ya llegare a ellos, así que por ahora comparto lo que ha invadido mis pensamiento, análisis y hasta preocupación.


Todo el mundo cree que vengo de una familia tradicional porque mis padres se casaron ante la Santa Iglesia Católica Apostólica y Romana y vivíamos en un entorno que la sociedad mexicana considera "normal", pero como toda familia, la mía también tiene su historia que junto con la educación que recibí y mi formación escolar con esas famosas monjitas españolas me forjaron para ser quien hoy soy; hasta cierto punto. Así, desde adolescente he ido tomando mis propias decisiones; algunas de ellas buenas y otras no tanto, sin embargo, cada una me ha llevado a donde estoy hoy en mente y espíritu.

En ese paso por el andar de la vida hasta mi edad actual, mis percepciones y opiniones con respecto a las enseñanzas "de la Santa Madre Iglesia" han cambiado, pues si bien, aún trato de seguir varias de sus enseñanzas, sinceramente hay otras que prefiero hacerme de la vista gorda por no decir que prefiero ignorarlas.

Creo que a mí me podrían incluir entre los llamados Generación Juan Pablo II. Cuando comencé a escribir estas líneas el tema estaba en boca de todos por la canonización de Su Santidad. Hoy, se han calmado las aguas, sin embargo, mi yo sigue en este sentir de lejanía con la institución de la Iglesia Católica. Si bien todo el mundo conoció y reprobó los hechos del señor Marcial Maciel y juzgó la tapadera de S.S. Juan Pablo II, nada ha cambiado. En México sigo viendo que la gente, a pesar de lo 'indignada' y lo dejo así en comillas, porque por lo menos yo no supe de familia alguna que sacara a sus hijos de las escuelas pertenecientes a la comunidad de los Legionarios de Cristo, o que dejaran de asistir a la famosa Mega Misión que organizan en Semana Santa el mismo grupo religioso, parece ser que en mi país se sigue pensando que 'a mí eso no me va a pasar', que 'todo va a estar bien'… como siempre ha sido. Seamos honestos, nos gusta tapar el sol con un dedo.

En fin.

Cuando adolescente me enseñaron que la virginidad era prácticamente condicional para un matrimonio feliz, e incluso aún recuerdo casi a la perfección la serie de vídeos proyectados en la clase de Educación en la Fe que abordaba el tema de las relaciones sexuales prematrimoniales. Por el contrario, también recuerdo que hubo relaciones sexuales a edades que en lo único que debería pensarse es en pasar el examen de literatura, química o lógica cuyas consecuencias en una minoría evidentemente fueron embarazos y matrimonios adolescentes -varios incluso a escondidas para que nadie se enterara, aunque la realidad fuera otra. Y claro, el paso de los años nos muestra que ni una forma de vida ni otra es garantía de una edad adulta ejemplar.

La sociedad en general juzga, señala y castiga duramente, pero en verdad nadie conoce mi hisotria como yo misma, de la misma manera que yo no conozco la de los demás. Entonces, ¿por qué la sociedad decide si está bien o no lo que hacemos o dejamos de hacer? Al final del día, llegada cierta edad incluso nuestros padres deberían volverse espectadores y consejeros solamente.

Pero, ¿qué observo a la distancia y con el paso del tiempo lejos de mi país al respecto?

Bueno, pues veo que hay en temas en los que la sociedad va avanzando poco a poco, que en otros estamos más adelantados, pero que estamos a años luz de otros países en algunos otros temas y lo iré tratando poco a poco, pues no siempre la problemática es gubernamental sino de sociedad.

Uno de los temas de mayor polémica por estos lares es que España quiere prohibir el aborto. Francia, obviamente, está preocupada, pues aquí es permitido desde los años setenta de manera tanto voluntaria como por necesidad médica y desaprobar la práctica abortiva devengaría en gastos médicos no recuperables para la Seguridad Social francesa. Aquí el acceso a servicios de salud es un derecho universal. Pero más allá de ello, la gente aquí ve un retraso en la evolución social, pues es quitarle un derecho a la mujer sobre las decisiones que toma para sí y su cuerpo. En México recuerdo que no hace mucho lo aprobaron en el Distrito Federal y se permite hasta antes de las 12 semanas de gestación. Mi opinión la baso en el libre albedrío. Que cada mujer actúe como mejor le parezca mientras lo haga de manera saludable y con responsabilidad total de sus actos a sabiendas de que la vida en el futuro jamás podrá ser igual.

Recuerdo bien que mi primer sueldo por trabajar unas cuantas horas al día fue de algo así como $900 pesos mexicanos al mes y claro, a partir de ahí fue subiendo poco a poco conforme las horas y las responsabilidades fueron creciendo. Claro está que con tales riquezas a las que si les aplico el tipo de cambio actual son poco más de 50€ era imposible vivir sola, aunque por otro lado me parece que mis papás hubieran enloquecido si yo hubiere hecho tal proposición. Me da gusto que ahora ya no cause tanto revuelo que los jóvenes quieran comenzar a independizarse y vivir su soltería de la misma manera que se hace desde hace ya algunas generaciones en otras latitudes. Pero ¿qué pasa cuando alguien quiere vivir en unión libre? Mmm, creo que ahí la cosa aún se vuelve todavía un poco problemática, sobre todo cuando la pareja es considerada muy joven, y aunque cada día más la sociedad y los padres sobre todo lo aceptan mejor, aún hay camino por recorrer. A mis treinta y varios y tras un divorcio en la maleta, hubo quien me dijo que debía yo casarme antes que vivir en unión libre. Y si a eso le agregamos que para la Iglesia Católica estoy incluso excomulgada por haberme divorciado, ya mejor ni le añadimos con ironía la vida en pecado, digo perdón, en unión libre.

Para concluir, debo decir que conozco a muchas mujeres cuyo común denominador es que somos de origen mexicano. Algunas hemos hecho la maleta para partir a otras latitudes, unas nos casamos jóvenes, otras se fueron a estudiar una maestría y encontraron el amor o un trabajo en tierras lejanas. Estamos las que nos divorciamos, las que siguen felizmente casadas desde hace ya veinte años, las que se embarazaron jóvenes y decidieron ser madres, las que decidieron no serlo y aún trabajan en su sentimiento de culpa, sin embargo, todas tenemos grandes cualidades, somos seres humanos de bien, que hemos trabajado para salir adelante de una u otra forma. Entonces, ¿por qué juzgarnos entre sí? ¿por qué el Vaticano no ha evolucionado? Por ahí he escuchado a algunas ovejas que creen en el pastor argentino que guía al rebaño, yo quiero ver a la Iglesia Católica evolucionar, sólo así podría renovar mi fe en ella como institución. En lo que respecta a la sociedad… supongo que más vale paso que dure y no trote que canse.



domingo, 20 de abril de 2014

La vida sin limones

En mi casa no hubo árboles frutales porque no se dieron, pero teníamos plantados naranjos, limoneros y limas. Alguna vez recuerdo tuvimos tomate verde y rojo, capulines de a montón y claro, siempre estuvieron René y José Luis, los marchantes del puesto de frutas y verduras a los que mi mamá siempre amenazaba que si algo no salía bueno 'se los iba a devolver' y aunque nunca lo hacía, eran muy buenos marchantes y vendían buenos productos; tanto que yo dejé de comprarles cuando su ubicación geográfica y la mía dejaron de ser convenientes. Alguna vez alguien me dijo que no me había imaginado ser tan hábil y conocedora en un mercado sobre ruedas sino hasta cuando me vio interactuar con mis comerciantes predilectos ahí en la esquina de Avenida STIM y Bosques de Reforma en el Chamizal. Como cualquier mujer viviendo sola y trabajando de sol a sol, mi consumo de productos agrícolas comenzaron entonces a provenir del supermercado y cuando me ponía exquisita iba al que tenía los productos orgánicos, sin embargo, nunca me preocupé por la disponibilidad de una papaya o una jícama o por el precio de la sandía o el limón sin semilla.

 Así, cuando cruzamos el gran océano Atlántico, una de mis preocupaciones con respecto a mi alimentación no fue precisamente la disponibilidad, sino el precio. Después, cuando comencé a ser consciente de que algo se me antojaba, me preocupé también por encontrar cómo saciar mi hambre de ese algo en particular y hasta de fruta y verdura de temporada comencé a hablar y aprender. Pero de lo primero que hubo que recortar fue el limón. Si tú que estás leyendo estas líneas no eres de origen mexicano, déjame contarte que en mi país a TODO le ponemos jugo de limón verde, a todo. Es más, el limón amarillo ni siquiera nos gusta y que en países como Estados Unidos de América le digan lima nos cae como patada en la entrepierna, así de sencillo. Tomamos agua de limón para refrescarnos en temporada de calor, para hidratarnos en cualquier momento, para apapachar el cuerpo resfriado. Le ponemos limón a la sopa de pollo, a la sopa de pasta, a la tortilla cuando a ésta no hay nada más que ponerle que un poco de sal y unas gotitas de ese juguito acidito que cosquillea las papilas gustativas, en fin, podría escribir toda una lista de alimentos que incluyen hasta la comida chatarra y sonará inverosímil, pero así es de importante este cítrico en mi país. Por eso, en mis primeras vueltas al supermercado y al mercado sobre ruedas sentía la piel de gallina al ver que 3 limones costaban la friolera cantidad de 1,00€ y además eran amarillos en la mayor parte de los comercios. Con el corazón apachurrado, dejamos de consumirlo casi en su totalidad. Lo compraba solamente cuando era imprescindible. Con el tiempo me rendí ante él y lo compré, encontré también los saquitos de 500g de limón verde en el Carrefour que al compararlos con la venta por pieza dejaban mucho qué desear, así que me quedé con los de 3x1,00€. Ya sintiéndome dueña de la situación encontré que podía surtir mi despensa también con limoncitos verdes a ese precio. Dos años después subieron a 3x1,50€. El trauma había pasado y hasta el consumo ha incrementado con el tiempo. Y pues cuando no hay del verde, hasta el amarillo disfruto.

Un día, leyendo noticias, Twitter y Facebook encontré a todo el mundo en tremendo shock. El limón a precios estratosféricos y hasta en el Viejo Continente entero estaba más barato que en el México Productor y Proveedor del mundo. Al visitar mi tierra un par de semanas más tarde lo constaté. Increíble. Fui a Superama -supermercado en la ciudad- y NO HABIA LIMONES. Los periódicos escandalizados anunciaban que en la Central de Abastos el cajón se estaba vendiendo hasta en $900. Una crisis nunca antes vista. ¿Sería que mis compatriotas estaban enfrentando algo parecido a lo que todo expatriado mexicano en estas y otras tierras vive al llegar a conquistar nuevos rincones del planeta? ¿Hasta cuándo dejarían los grupos de autodefensa salir esas delicias redonditas de Colima y Michoacán donde se comenzaba a echar a perder el fruto? Alguien me dijo que lo sufriríamos también en Europa, a lo que respondí con toda seguridad:

-No, allá conseguiremos de los brasileños.

 Y así fue.

Entretanto, y a pesar de que el gobierno 'entró al quite' el dicho cambió y a varios les escuché repitiendo: "Si la vida te da limones, eres millonario".

Acá, el precio sigue a 1,50€ por tres piezas de limón (verde o amarillo) en el mercado. Sin embargo, la temporada de limonada y crudités de verdura para el picnic está a la vuelta de la esquina, aunque esta vez me parece que el gran ausente será MI QUERIDO LIMON MEXICANO porque yo, me niego a dejar de disfrutarlo por completo. Espero ustedes también puedan hacerlo.

jueves, 10 de abril de 2014

México, Distrito Federal

Haber dejado de vivir en México, aunque no sé si será permanente o una aventura que cuando termine guardaré en mis recuerdos, mi corazón, vivencias y obvio, este blog, me ha hecho ser consciente de todo eso que tiene mi tierra y que pasaba desapercibidamente frente a mis ojos a diario.

Hoy, estoy sentada en uno de estos cafecitos que se han vuelto ya famosos en mi tierra por ser auténticamente mexicanos y hacerle batalla al del logo con la sirena verde. Veo los transeúntes pasar y cual turista en mi ciudad me pregunto por cada uno de esos sitios que un extranjero no debe perderse al venir a visitar una de las megalópolis más grandes del planeta: Mi querida Ciudad de México.

Pasar unos cuantos días aquí puede ser toda una aventura pues hay un sinfín de barrios que nos hacen transportarnos por la historia del país. Así pues, esta chilanga-parisina opina que sí has de venir a la ciudad que me vio nacer no te pierdas, en la manera de lo posible, de estos lugares que me hacen suspirar a cada momento:

Entrando por las rejas de Chapultepec uno debe hacer una caminata por el bosque y subir hasta el Castillo -también creo que se puede tomar el trenecito para los menos atléticos. Estoy segura que les dejará sin palabras cuando lleguen a él. Encuentro opiniones muy parecidas a la mía, en la que no le pide nada a muchos de los que están en el Viejo Continente. 

Yo no soy de zoos, pero si gustas de los animales, entiendo que tenemos uno muy lindo también justo ahí. Mi caminata terminaría en el Auditorio Nacional, donde tomaría el Turibus para irme hacia el primer cuadro. 

En el centro lo que amo visitar es el Palacio Nacional, la Catedral, el Templo Mayor y por qué no, ir sin rumbo específico por las calles peatonales. Si hay tiempo, siempre puede visitarse también el MUNAL, el edificio de correos, las iglesias (mi preferida es La Profesa), y hasta el Museo Franz Mayer, pero es que el centro tiene tanto que me quedo cortísima porque aún me falta San Ildefonso, el Bar La Ópera, ay Dios... bueno, ahí sí ya dependerá de tiempo y energía, pero lo que sí definitivamente hay que hacer es entrar a Bellas Artes -si es a un espectáculo será aún mejor- y por qué no, caminar por la renovada Alameda. Quedó bien linda, de verdad. Si no, siempre está la opción de irse a echar un palomazo con los mariachis de la Plaza Garibaldi o un tequila al Tenampa.

Otro día se lo dedicaría a Coyoacán. Desayunar en Los Danzantes  o tomar un café en El Jarocho y luego ir por la plaza, la iglesia y terminar en los viveros. 

En la tarde, me iría para San Ángel -que apenas conocí y me fascinó. Puede uno pasar horas callejeando y terminar el día tomando un aperitivo en la terraza del restaurante San Angel Inn y posteriormente cenar en el salón frente a la chimenea alguna delicia gastronómica.

¿Y luego qué?

Luego todavía falta recorrer La Condesa, ir a echar un helado a Roxy como lo han hecho parejas y familias desde los años 60 y caminar por el Parque México para terminar con unas quesadillas de puesto al puro estilo mexicano y si se tiene energía irse a un bar de la zona. No es mi estilo, pero dicen que se pone bien. Lo dejo a consideración del visitante, jajajaja!

Ahora bien, si se te atraviesa un domingo, aprovecha el cierre matutino de Paseo de la Reforma para caminar, patinar o andar en bicicleta. Me parece que una de las iniciativas que aunque son molestas para los automovilistas de la ciudad, a los transeúntes les da un respiro de paz en pleno corazón de la capital y qué mejor que éste sea antes de hacer la visita cultural que cualquier propio y extraño debe hacer por lo menos una vez en la vida: La del Museo de Antropología.

¿Y ya?

Claro que no, la ciudad es enorme, pero para mí éstos son los rinconcitos que uno no se debe perder. El resto ya depende de cada quién, de sus gustos y curiosidades. La oferta de conciertos, obras de teatro y entretenimiento en general me parece es importante en la Ciudad de México y uno puede encontrar siempre algo distinto para hacer más allá de irse a aplatanar frente al televisor.

Sobra decir, que la lista de restaurantes aquí se quedó cortísima, me faltaron varios, pero no puedo irme sin dejar de invitarte al afamado y bien rankeado a nivel mundial Pujol y mi preferidísimo Dulce Patria -que también espero ver en esa lista de los mejores del mundo muy pronto.

Por último, y esperando haya el tiempo suficiente me atrevo a recomendar un viaje a las pirámides de Teotihuacán. Una caminata por la Avenida de los Muertos, la Pirámide del Sol, la Pirámide de la Luna, el Juego de Pelota y finalizar la visita en La Gruta para refrescarse con una Pacífico bien helada y comer platos típicos como los de la abuela en casa mientras bailan la Danza del Venado y otros clásicos prehispánicos. Y recuerda que si hay acceso a un guía de esos del Instituto Nacional de Antropología para que nos cuente la historia, la visita será doblemente interesante, y no nada más ahí, sino en cada visita hecha, estoy segura que descubrirás secretos inesperados de mi México, Distrito Federal.



martes, 8 de abril de 2014

Los candados del amor

A lo mejor a Usted, señor lector, le parece exagerado mi texto de hoy, sin embargo, no me disculparé por mi escrito de hoy, todo lo contrario, espero simpatice con la causa y por qué no, ayude a esta ciudad a eliminar los llamados candados del amor.

He leído por aquí y por allá para poder tener un contexto más educado, pues no conocía el origen real de la tradición de los enamorados por poner un candado en muestra de su amor en los monumentos de la ciudad de París -particularmente en el Puente de las Artes- y luego aventar la llave al río Sena. Incluso he escuchado bastantes datos erróneos al respecto que yo misma he creído por no haber estado bien informada. Así pues, en mi investigación encontré que la tradición comenzó en el s. XIX en Pécs, Hungría en la que los soldados dejaban atado un candado en el armario de su habitación en recuerdo de su amor, pero por ahí de 2006 fue cuando llegó a nosotros, a Roma particularmente, gracias al escritor Federico Moccia y a través de su obra titulada Ho Voglia di Te que trajo la tradición hasta nuestros días. Un par de años después la práctica llegó a la Ciudad Luz.

Ahora, el Puente de las Artes, que incluso he escuchado a turistas hacer referencia a él bajo los motes del puente del amor y hasta el puente de los candados, a pesar de que las autoridades sustituyen las rejas maltratadas cada cierto tiempo, es cierto que sufre por el peso de dichos candados que enamorados de todo el mundo vienen a dejar.

Usted probablemente estará preguntándose cuál era la razón de mi advertencia al inicio de mi texto, pues porque aunque NO soy francesa, esta ciudad es hoy en la que he construido mi hogar, y el patrimonio que la decora forma parte ya de mis profundos sentimientos hacia París, al igual que de muchos otros locales por nacimiento o adopción -como yo, y por ello me molesta de sobremanera que extraños vengan a dejar sus 'símbolos de amor' en una construcción emblemática como el Puente de las Artes. Lo peor es, que comienzo a ver estos candados por toda la ciudad ya, y es aún más molesto. Creí que era yo la intolerante, pero veo que no, que somos varios. Lisa Taylor-Huff y Lisa Anselmo, dos estadounidenses que también habitan en esta ciudad desde hace ya varios años han comenzado un movimiento por Internet para recabar firmas y prohibir la práctica. Yo las apoyo y ya firmé electrónicamente su petición a las autoridades de la capital, quienes les pidieron por lo menos 10 mil firmas para recibir la solicitud: No Love Locks

Al respecto, en alguna conversación hace algunos días en la Ciudad de México una amiga me dijo que ella no veía sentido a una práctica que dejaba una gran derrama económica a la urbe y que seguramente había muchísimas razones políticas para no firmar una prohibición como tal que haría enojar a propios y extraños.

Por otro lado, localmente el movimiento toma fuerza en medios electrónicos y prensa. Me cuesta trabajo enumerar todos cada uno de los medios en los que he leído ya alguna nota en este respecto, sin embargo, más allá de solamente quejarme por los candados, a mí SI me interesa que desaparezcan los candados y no se vuelvan a dejar ver más. A lo mejor a Usted, apreciable lector, le parece exagerado, a mí, por el contrario, me parece que es parte intrínseca a la educación cívica. No importa de dónde venga ni en qué ciudad viva, sólo pregúntese por un instante qué opinaría si su entorno se viera invadido por una práctica como ésta.

Vuelvo a dejar el vínculo para que si le interesa… participe: Petition: No Love Locks


miércoles, 2 de abril de 2014

Mi primera clase con los profesionales

El pasado mes de julio cuando me aventuré a volverme a poner las zapatillas lo hice con bastante ilusión, aunque con muchas reservas de volver a lograr lo que hacía 20 años, literal, podía hacer. Así, poco a poco fui volviendo a apuntar mis pies de manera decente -aunque mi quinta posición aún parece tercera. La cabeza ya casi encuentra sus direcciones adecuadas, incluso cuando el brazo sigue moviéndose sin ton ni son frecuentemente. Cinco meses después de haber iniciado mi experimento, me atreví a subirme de nuevo sobre deditos con ayuda de la barra y de preferencia frente a ella. Con el paso de las semanas fui soltándome poco a poco. Los tobillos han ido fortaleciéndose de la misma manera que se han disminuido las lonjas de queso de puerco que invadían mi espalda. Está bien, no tenía un problema de obesidad, pero sí mis kilitos extra que he ido transformando de grasa en músculo, porque por Diosito Santo les juro que no he bajado un triste gramo.
En febrero, cuando empecé a planear mi visita a México y cuando supe que ésta tendría una duración de tres semanas, una de mis principales preocupaciones fue el dejar de bailar por más de 20 días, pues perdería mucho del terreno ganado y con toda sinceridad pensé que no era algo a lo que aspiraría. La pregunta sería en dónde podría practicar la disciplina a nivel amateur en México de la misma manera que ahora lo hago en el Hexágono galo, pues sólo conozco dos o tres academias en las que se dan clases para niñas. Claro está, que mi preferencia se inclinaba por aquélla ubicada en Tecamachalco y donde yo aprendí las técnicas de base elementales para cualquiera que intente la disciplina preferida del Rey Sol. Les llamé y con la misma  familiaridad que en la década de los 90 me dijeron que con mucho gusto podría asistir a una de sus clases, que me recomendaban ir de 10:30 a 12:30 cualquier día de la semana y que yo decidiera. Confieso que sentí emoción de regresar a mi antigua aula. Todos mis artilugios encontraron su camino al equipaje antes que cualquier artículo de primera necesidad –y no estoy exagerando. Me vine hasta con mi maletita para transportar zapatillas, falda de gasa, shorts, toalla para el sudor y botellita de agua.

Los primeros dos días me sentí morir de jet lag, por lo que preferí no ir a clase sino hasta que ‘agarrara horario’. Y así fue. Llegué puntualísima y el maestro me recibió con mucha calidez, pero si no hubiera traído el famoso payasito juro que mis calzones hubieran empezado a hacerse como yo-yo, pues ese salón NO contaba con más de tres amateurs y había una veintena de seres humanos. Todos calentaban, estiraban cada uno de sus músculos. Algunas chicas portaban zaptillas de punta, otras preferían la demipunta o botitas de calentamiento.

Mis pensamientos comenzaron a tener una conversación que sonó algo así:

- Puta madre, esto es una clase de profesionales.
- ¿Y ahora?
- Pues ni modo, ya estoy aquí. A darle.
- ¿Pero, y si no puedo?
- Chale, pues espero solamente no hacer el ridículo.

Y así, sin más ni más me puse en la barra y comencé a copiar cada uno de los ejercicios no dictados… ok, ok, los dictados también los copié, pero es que yo no podía. La clase iba a 10000 Km/hr. Y NAADIE se equivocaba, NAAADIE. Hora y media después, con el pulmón en una mano y el hígado en otra, sudando cual albañil en colado la clase terminó. Claro está que yo no tenía el nivel, pero igualmente el maestro me invitó a tomar la clase cuantos días quisiera. Me animó y me animé. Aún no saco las secuencias marcadas como se debe; si acaso lo medio logro al tercer día de hacerla. Sin embargo, la experiencia de compartir unos días la duela con esta gente que dedica su vida a entrenarse para brillar en escenarios y probablemente un día pasar a una audición de una de las grandes compañías del mundo o que están ya en la Compañía Nacional de Danza para mí ha sido una experiencia sin precedentes, invaluable, pero sobre todo, inolvidable.


martes, 1 de abril de 2014

París monocromático

Como ya compartí en uno de mis textos de hace algunos días, la primavera llegó a la Ciudad Luz y con ello un abanico de colores que no solamente hacen que la capital gala se ilumine en su paisaje, sino también comiencen a vislumbrarse las sonrisas en los rostros de los citadinos y por qué no, hasta cuelguen el negro abrigo que nos cubrió durante el invierno. Al principio parecía extraño, luego me di cuenta que yo era la rara que andaba vestida en Technicolor aún cuando el entorno era prácticamente la paleta de los grises; después, yo también comencé a preferir el fúnebre color negro en mi guardarropa una vez que llegaron las temperaturas que mi alma chilanga consideraba prácticamente gélidas, a pesar de aún ser positivas. Y lo peor, sin darme cuenta.

Para el tercer invierno alguien que llegó de visita y con quien me reuní para saludarnos e ir a la biblioteca de la universidad en la que hace sus estudios doctorales, de repente entró al andén de metro entre el tumulto de los pasajeros portando un vestido rosa fluorescente con negro. Era tan fácil reconocerla a la distancia a pesar de las franjas negras que tenía su vestido, pero la realidad es que ella era la única que no parecía ir camino a un sepelio. Así pues, me volví consciente. París, en invierno es monocromático, y yo ya formaba parte de ese entorno formado por nada más que colores fríos. Hasta el cielo es gris en esos meses. El sol sale poco, si es que se le llega a vislumbrar.

¿Será que por eso cuando la primavera comienza uno a ver que visten de color naranja, azul rey y rosa? Viviendo en un lugar en el que uno puede vestir casi igual durante todo el año, en el que los cambios de estación no son para nada similares a los que pueden verse en el Viejo Continente nunca imaginé un cambio de ánimo tan marcado como para vestirme sombríamente y además de todo de manera consciente.


lunes, 24 de marzo de 2014

Observing Passengers

At an altitude of 10 thousand feet there are just a few activities one can do, especially when traveling alone. In such a situation I would rather not talk to strangers, not sure why, but I have to blame my mother; she always made “friends” with people sitting next to her for a couple of hours. The most I will do is say hello and goodbye, and maybe chat for a moment if a well-behaved kid calls on my attention. Anyhow, after saying goodbye and passing passport control with the customs officials smile that they feature I was ready to jump in the plane that would make me cross the North Atlantic once more in order to enjoy my Mexican Spring just like I have been doing for the last few years. The flight got delayed, and with somewhere around 200 frustrated travelers I decided to open my computer, log on the Internet and check emails, tweet here and there, and why not, loose time on Facebook while chatting via Whatsapp with friends… yep, all to kill time. I had around an hour and a half to “entertain” myself.

Finally, passengers were given access to the aircraft. The annual adventure was about to begin. Like always, I had my couple trashy magazines to glance through fashion, hip products, and all the whatnot. There are still a good 3.5 hours of flight to go. I have had a brief nap, watched two movies, slept for a little while, glanced through the pages of Femme Actuelle and Glamour or Elle, or whatever it is I bought at the Relais right before passing security at the airport. I have read about 10% of one of my current readings, and my stomach is making noises.

And nonetheless all of the above, what inspired me to open my computer and start drafting this post is what still surprises me when traveling. There are some specific features of international flights, and in this case I am ONLY going to talk about my co-nationals because my experience is much broader with them, than with any other nationality. 

I have come to think, several times, that I have seen it all, and yet, I am still astonished by what happens in every trip. I mean, it all starts when one approaches the gate where passengers shall board the plane, and please DO NOT dare to think I am exaggerating. Please note, that it is only a compilation of some of the habits which have made my skin get goosebumps, or my jaw to be dropped -sometimes literally. 

  • While in Paris they mainly like to board with their Louis Vuitton shopping bags, in other cities, mostly around the United States, I have seen people arrive with wooden crates or market bags. 
  •  Another customary practice that I have found hard to believe is the fact that at the moment the airline attendants say 'we shall begin boarding in the next few minutes' everyone stands up and forms a line as if they are going to lose the flight. I imagine this is why airlines have ended their practice of calling on an orderly boarding process. La galère !
  • And talking about practices within the aircraft, why is it that people always stand up to collect their stuff from the overhead bins and turn on their phones before the plane has come to a complete stop? I have got to admit I mistakenly did it once and felt very ashamed when the flight attendant called upon me. 
  • Then there is also the shouting. I feel it is a common practice of all Latin Americans. I have talked about it previously in another post, surely, but, my emphasis is because I feel it is not only discomforting for me, but for most travellers around. I feel like a violation of my personal space. Is it just me?
  • And what about the traveller sitting behind you who cannot dare to stop playing either with the tray or with the touchscreen on the back of your seat and he/she doesn't stop tapping on your back like a maniac. I had one of this is my last flight. I had to tell him to please stop; his tapping was nonstop.
  • Of course I cannot let pass by some of the most extreme fashion trends on airplanes. There's always the very ladylike woman who instead of boarding a plane looks as if she's going to a black tie wedding, or the one who literally is going to bed and she's only missing the teddy bear because she's in her robe, pyjamas, and SLIPPERS! I put on slippers on long flights once I am sitting down in my seat to be more comfortable and not feel trapped in my shoes, and try to find comfortable clothes, but PYJAMAS… PYJAMAS!
And you, dear reader, what have you seen when boarding a plane? I am sure neither you, nor I have seen it all. People have a way to still amaze me.

In the meantime, safe travels.